Tan pronto como aprendes a jugar a Magic y empiezas a tener las primeras cartas, comienzas a desarrollar en tu cabecita posibles mazos que te gustaría hacerte y con los que pretendes machacar a tus amigos. Pasas gran parte del día escribiendo en un cuadernito -seguramente de y durante clase- combinaciones explosivas, revolucionarias estrategias y un sinfín de barajas que luego nunca te haces o dejas medio hechas, y acabas jugando con los tritones que te regaló un colega, esos trasgos tan violentos o las ardillitas que tanta gracia te hicieron desde el primer momento.